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El ejército secreto de Eliseo

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Recuento de 2 Reyes, capítulo 6

En la época del profeta Eliseo, el vecino rey de Siria le había declarado la guerra a Israel. No obstante, por algún motivo sus campañas no tenían éxito. Cada vez que planeaba un ataque o emboscada, el rey de Israel se enteraba y se preparaba.

Esto aconteció una vez y otra vez, hasta que el rey de Siria se convenció de que había un traidor en sus filas. Convocando a sus oficiales, les dijo furioso:

—¿Quién es espía del rey de Israel?

—Ninguno, rey señor mío. Es el profeta Eliseo, que está en Israel, el que declara al rey de Israel las palabras que su majestad habla en sus aposentos privados —repuso uno de sus siervos que de alguna manera había oído hablar del poder del Dios de Eliseo.

Para el rey el problema no revestía ninguna dificultad. Había que capturar a Eliseo y quedaría todo arreglado. Envió el rey a Dotán gente de a caballo y carros y un gran ejército para arrestar a aquel hombre que sabía demasiado.

Creyendo que podrían coger por sorpresa a Eliseo, el ejército llegó de noche y rodeó la ciudad. En esas circunstancias no parecía que el varón de Dios tuviera escapatoria.

De madrugada, cuando el siervo de Eliseo miró desde lo alto del muro de la ciudad y advirtió todos aquellos caballos y carros, se llenó de miedo. Corriendo a donde estaba Eliseo, exclamó:

—¡Señor mío! ¿Qué vamos a hacer?

Pero Eliseo confiaba mucho en Dios, y le contestó al asustado joven:

—No tengas miedo, porque más son los que están con nosotros que los que están con el ejército sirio.

El joven se quedó mirándolo. ¿Cómo era posible? No había nadie en Dotán preparado para combatir a aquellos sirios. ¿Disponía acaso Eliseo de un ejército secreto?

Eliseo oró, diciendo:

—Te ruego, Señor, que abras sus ojos para que vea el gran poder que nos rodea.

¡Dios respondió a su oración y de repente el joven vio a los ejércitos del cielo que Eliseo había estado contemplando en todo momento!

—¡Mire! —gritó emocionado—. ¡Mire cuántos hay!

El monte estaba lleno de gente de a caballo celestial y de carros de fuego alrededor de Eliseo.

Y cuando descendieron a él —los carros de fuego que ya en otra ocasión había visto cuando Dios llevó a Eliseo al cielo delante de sus ojos1—, Eliseo sintió muy de cerca la presencia de Dios, y oró:

—Hiere con ceguera a esta gente.

Aunque fue una petición algo extraña, Eliseo tenía pensado un magnífico plan. Dios respondió a la oración de Eliseo y los dejó ciegos. Enseguida salió por la puerta de la ciudad y se acercó valientemente a los generales del ejército sirio que se arremolinaban sin saber dónde estaban ni qué hacer.

—No es este el camino, ni la ciudad —Eliseo les dijo a los soldados ciegos—. Síganme y yo les guiaré al hombre que buscan.

No sabían que el que les hablaba era Eliseo, el hombre al que andaban buscando, y logró conducirlos a Samaria, ¡la capital de Israel!

Una vez que el ejército sirio estuvo dentro de los muros de la ciudad, Eliseo rezó:

—Señor, abre los ojos de estos hombres para que vean —lo cual hizo Dios.

Al devolvérseles la vista, ¡los soldados vieron que habían sido objeto de una trampa y que estaban en plena Samaria, cercados por sus enemigos!

El rey de Israel no podía ocultar su satisfacción. Qué espléndida oportunidad de darles a los sirios una lección que no olvidarían jamás.

—¿Los matamos? ¿Los mato? —le dijo a Eliseo con gusto.

—¡No! —Repuso Eliseo—. En lugar de eso, ordenó que se les diera comida y bebida a los prisioneros, y que después se les dejara en libertad para que regresaran a sus casas.

También nosotros podemos contar con la protección del ejército secreto de Eliseo. La Biblia dice: «El ángel del Señor acampa alrededor de los que le temen, y los defiende» (Salmo 34:7).


Nota a pie de página:

1 Ver 2 Reyes 2:11.

Contribución: Didier Martin, adaptación de Tesoros © 1987. Ilustración: Didier Martin. Diseño: Roy Evans.
Publicado por Rincón de las maravillas. © La Familia Internacional, 2022.

Aventura bíblica: Samuel, el niño que vino del Cielo

MP3: A Bible Adventure: Samuel—A Child from Heaven (English)
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Adaptación de 1º de Samuel 1

Habían pasado unos 300 años desde que los hijos de Israel conquistaran la Tierra Prometida, y el Tabernáculo, construido por Moisés en el desierto, estaba situado en la ciudad de Silo, a unos cuarenta kilómetros de Jerusalén. La ciudad seguía siendo el centro de adoración de la nación judía, y anualmente acudían a ella todos los fieles, trayendo bueyes, cabras y corderos para sacrificarlos en el altar del Señor, erigido allí.

En la aldea de Ramá, situada en los montes cercanos, vivía cierto hombre llamado Elcana, y sus dos esposas, Ana y Penina. Penina tenía varios hijos e hijas, pero Ana no tenía hijos.

Una vez al año, Elcana y su familia viajaban desde Ramá a Silo para adorar y ofrecer sacrificio al Señor. Después de haber sacrificado un buey joven, Elcana lo dejaba sobre el fuego del altar para que se quemara toda la grasa, tal como acostumbraban a hacer los judíos. Luego tomaba la carne y la hervía en las ollas del Tabernáculo. La mayor parte de la carne se ofrecía luego a los pobres, si bien los mejores trozos se reservaban siempre para los sacerdotes del Señor. La familia que ofrecía el sacrificio tenía derecho, además, a retener toda la carne que necesitara para su alimentación de ese día.

Un día, las mujeres de Elcana y sus hijos se habían sentado cerca del Tabernáculo y se disponían a comer cuando apareció Elcana trayendo la carne en una gran olla de cobre, grande y humeante. Comer la carne dedicada al Señor era un acontecimiento muy especial, pues simbolizaba la participación en Sus abundantes bendiciones.

Como Elcana hacía todos los años, dio una porción de carne a su esposa Penina, y una porción a cada uno de sus hijos e hijas. Todos sabían que los niños eran la mayor de las bendiciones del Señor, de modo que aquél era siempre el momento de gloria para Penina.

Ana no le había dado hijos a Elcana, a pesar de lo cual él la amaba profundamente. Por lo tanto, en lugar de darle una sola porción de carne, le daba siempre dos.

Penina, celosa de tales demostraciones de afecto, observaba a Ana con una expresión desdeñosa. Cuando Elcana se retiró para llevar la olla de regreso al Tabernáculo, empezaron los comentarios hirientes de Penina.

—Ana, qué lástima que el Señor no te haya dado hijos —dijo en un tono apacible que dejaba traslucir lo que en realidad sentía—. Pero en Su infinita sabiduría, Él debió haber visto que no eres apta para la maternidad.

—Por favor, Penina, no comencemos con esto este año también —dijo Ana.

—Ay, perdón, no era mi intención herir tus sentimientos. Es solo que le agradezco a Dios que me haya bendecido con tantos hijos.

Ana, bajando la mirada con gesto triste, respondió:

—Pero Elcana me quiere tanto como a ti.

—¿Estás segura? —dijo Penina, fingiendo estar confundida—. Tal vez, al igual que yo, él te tiene lástima porque nunca llegarás a realizarte como madre, a tener niños que te adoren y respeten. Tal como yo jamás sabré lo que se siente al ser... y discúlpame la franqueza, estéril.

Ana llevaba un rato sentada con las lágrimas rodando por sus mejillas, pero al oír la última frase de Penina lanzó un gemido, se puso de pie y salió corriendo. Elcana regresaba de la tienda del Tabernáculo, y al ver que Ana corría, salió tras ella.

Cuando logró darle alcance, la tomó en sus brazos.

—Ana, ¿por qué lloras? —le preguntó dulcemente—. ¿Por qué no comes?

—¡Todos los años pasa lo mismo! —Respondió Ana—. ¡Penina no deja de provocarme y de echarme en cara que el Señor no me ha dado hijos!

—Pero, Ana —dijo Elcana—, ¡yo te amo! ¿Acaso no basta eso? ¿No valgo para ti más que diez hijos?

Elcana trató de convencer a Ana para que siguiera comiendo, pero ella tenía el estómago hecho un nudo. Prefirió disculparse, en cambio, y se dirigió hacia la tienda del Tabernáculo. El lugar estaba desierto, salvo por el sacerdote del Señor, un anciano llamado Elí, que estaba sentado a la puerta de la gran tienda.

Como era tan profunda la angustia de Ana que no podía siquiera hablar en voz alta, hizo una promesa en su corazón.

—¡Señor, si te compadeces de mi aflicción y me das un hijo, te lo devolveré y será Tuyo durante toda su vida!

Ana llevaba un largo rato orando, cuando Elí notó que, a pesar de mover los labios, no pronunciaba palabra, y que su rostro estaba demudado por la angustia.

—¡Deja ya de comportarte como una borracha! —dijo—. ¡A ver si te baja el alcohol!

—No es eso, señor mío —dijo Ana, volviéndose a Elí con el rostro bañado en lágrimas—. No he bebido vino. Estoy muy angustiada y le abría el corazón al Señor en mi dolor.

Avergonzado por haberle dirigido palabras tan duras, Elí la consoló:

—Ve en paz, y que Dios te conceda lo que le pediste.

Ana le dio las gracias al anciano sacerdote y volvió al lugar donde comían Elcana, Penina y los niños. Con expresión alegre, se sentó a comer; su rostro ya no se veía atribulado.

A la mañana siguiente regresaron a su casa de Ramá.

Poco tiempo después Ana concibió y dio a luz un varón a quien llamó Samuel, que quiere decir «pedido al Señor». ¡Su alegría era inmensa!

Al año siguiente, cuando Elcana y su familia volvieron a subir para ofrecer el sacrificio anual al Señor, Ana no fue.

—Después de que el niño sea destetado —dijo—, lo llevaré y se lo daré al Señor, y vivirá allí para siempre.

—Haz lo que te parezca mejor —le respondió Elcana—, pero ten presente que debes llevar a cabo tus buenas intenciones.

Así pues, Ana permaneció en su hogar cuidando a su hijo. Cuando el pequeño tuvo cuatro años de edad, lo llevó a Silo. Allí se lo presentó a Elí.

—Oré por este niño, y el Señor me lo dio —le dijo—. Ahora me toca a mí dárselo al Señor. Durante toda su vida estará entregado al Señor.

Luego Elí bendijo a Elcana y a Ana y dijo:

—Que el Señor te dé hijos con esta mujer, para tomar el lugar del que diste al Señor.

Y el Señor fue bondadoso con Ana: concibió y trajo al mundo tres hijos y dos hijas.

Ana regresó a Ramá, pero el pequeño Samuel se quedó con Elí en el Tabernáculo.

Cada año, su mamá Ana le hacía una túnica nueva y se la llevaba cada vez que iba con su esposo para hacer el sacrificio anual.

Samuel creció sirviendo al Señor y llegó a convertirse en uno de los mayores profetas y jueces de la historia de Israel.

Adaptación de Tesoros © 1987. Diseño: Roy Evans.
Una producción de Rincón de las maravillas. © La Familia Internacional, 2022.

Aventura bíblica: Las hazañas de un futuro rey

MP3: A Bible Adventure: Exploits of a King-to-Be (English)
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Adaptación de 1 Samuel 29-30

Encontrarás más relatos de los comienzos del rey David en «Un desafío gigantesco» y «La iniciativa de paz».

Durante la época en que David se exilió para evitar que el rey Saúl lo matara, las circunstancias lo condujeron con sus hombres a vivir en el país del rey filisteo Aquis, que era un enemigo de Israel. A cambio de un lugar donde quedarse, David prometió aliarse con dicho rey, y como éste sabía que el rey Saúl era enemigo de David, le entregó la aldea de Siclag para que habitaran allí. Por fin, tras andar errantes, David y sus hombres encontraron un hogar provisional.

Cuando se reanudó la guerra entre los filisteos e Israel, el rey Aquis quiso utilizar a todos sus hombres capaces, incluidos los de David, para luchar contra Israel. Eso colocó a David y a sus hombres en una encrucijada. ¿Cómo iban a pelear contra su propio pueblo y parentela?

El día en que todos los soldados se congregaron para el ataque, y los señores de los filisteos pasaron revista a sus compañías de a cientos y miles, David y sus soldados iban en la retaguardia junto al rey Aquis.

—¿Qué hacen estos soldados hebreos en nuestras filas? —preguntó uno de los príncipes filisteos al rey cuando se fijó que seiscientos soldados israelitas se encontraban entre ellos.

—David y sus hombres son leales a mí —respondió el rey Aquis— y no he hallado falta alguna en ellos.

—No permitas que combatan con nosotros —afirmó otro comandante—. Podrían volverse en contra nuestra en medio de la batalla para granjearse de nuevo el favor del rey Saúl. ¿Acaso no es David de quien las mujeres cantaban diciendo: «Saúl hirió a sus miles, y David a sus diez miles?»

Al final, Aquis accedió de mala gana.

—Me hubiera gustado que tú y tus hombres pelearan a mi lado —le confesó a David a solas—. Para mí eres bueno, como un ángel de Dios. Aun así, los príncipes de los filisteos se oponen a que participes con nosotros en la batalla. Debes regresar a casa.

De modo que David y sus hombres partieron para sus hogares, profundamente agradecidos de no tener que pelear contra su propio pueblo. Pero cuando llegaron a Siclag, descubrieron horrorizados que la ciudad estaba hecha cenizas. Mientras los hombres estaban ausentes, los amalecitas habían saqueado la ciudad llevándose prisioneros a las mujeres y a los niños, junto con todo lo que poseían David y sus hombres.

—En primer lugar, jamás debimos marcharnos —murmuró un hombre—. El rey Aquis no merece nuestra lealtad.

—Si hubiéramos estado aquí, esto jamás habría sucedido —dijo otro.

—David es el culpable —afirmó el más enojado.

Algunos hombres incluso hablaban de apedrearlo.

David escuchaba los lamentos y las voces de amotinamiento de sus hombres mientras luchaba contra el dolor que sentía porque sus dos esposas habían sido capturadas, y clamó a Dios para que le guiara.

—¿Debería perseguir a esa banda de saqueadores?

—Persíguelos —le contestó el Señor—. Los pillarás desprevenidos y recuperarás todo sin falta.

David reunió a sus hombres y partieron tras los amalecitas. Corrieron tan rápido que cuando llegaron al torrente de Besor, doscientos estaban tan cansados que no pudieron continuar. El resto siguió adelante deprisa dejando a esos hombres con el bagaje.

Por casualidad, encontraron en el campo a un muchacho egipcio, enfermo y desmayando por causa del hambre. Era siervo de uno de los amalecitas que había saqueado Siclag, y en el camino de regreso había enfermado. Su amo lo había abandonado en el campo. Los hombres de David le dieron a comer higos y pasas, y pronto se recuperó y pudo hablar.

A cambio de que David le jurara no matarlo ni devolverlo a su amo, el muchacho le contó qué camino habían tomado los amalecitas, y pronto los cuatrocientos hombres de David emprendieron de nuevo la marcha.

Esa tarde alcanzaron al enemigo y vieron cómo los amalecitas estaban desparramados comiendo y bebiendo, bailando y haciendo fiesta para celebrar el gran botín que habían tomado de los filisteos y de la tierra de Judá. En medio de los soldados borrachos, David y sus hombres vieron a sus esposas y a sus hijos atados y aprisionados con grilletes.

David dio orden de atacar, y los cuatrocientos soldados se lanzaron al rescate de sus seres queridos. Pelearon desde el amanecer hasta el anochecer, y salieron victoriosos, recuperando todo lo que les habían arrebatado, incluyendo su ganado. Las esposas regresaron con sus esposos y los niños con sus padres. David y sus hombres también tomaron el resto del botín de los amalecitas.

Aunque no cabían en sí de contentos, surgió una discusión. Algunos de los hombres malos y egoístas que habían ido con David decían que los que se quedaron atrás no tenían derecho a percibir nada del botín de los amalecitas. Pero David no estaba de acuerdo.

—No podemos actuar así respecto a lo que Dios nos ha dado —contestó—. Él nos ha guardado y ha entregado en nuestras manos a nuestros enemigos. Dios nos ha dado este botín de guerra y les tocará parte igual a los que se quedaron con el bagaje como a los que descendieron a la batalla.

Para saber más de este fascinante personaje de la Biblia ver «Héroe de la Biblia: Rey David».
Adaptación de Dichos y Hechos © 1987. Diseño: Roy Evans.
Una producción de Rincón de las maravillas. © La Familia Internacional, 2022.

Aventura bíblica: La iniciativa de paz

MP3: A Bible Adventure: To Win an Enemy (English)
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Adaptación de 1 Samuel 18 y 26

Para leer otros relatos de la vida del rey David, véase «Un desafío gigantesco» y «Las hazañas de un futuro rey».

Cuando David volvió de matar al filisteo, salieron las mujeres de todas las ciudades de Israel cantando y danzando, para recibir al rey Saúl con panderos, con cánticos de alegría y con instrumentos de música.

—¡Saúl hirió a sus miles, y David a sus diez miles! —Cantaban con júbilo—. ¡Saúl hirió a sus miles y David a sus diez miles!

—¡La gente lo ama! —Musitó con enojo el rey Saúl, disgustado con el cántico—. ¿Qué más podrá obtener sino mi reino? Será mejor que lo tenga al alcance de mi brazo.

Los celos del rey hicieron que le prohibiera a David volver a casa y que atentara en repetidas ocasiones contra su vida. En cierta ocasión, el rey Saúl le lanzó una jabalina. En otra, astutamente le ofreció en matrimonio la mano de su hija Mical, pidiéndole a David que, como dote, mutilara a más de cien filisteos, pensando que si él no podía matar a David, entonces lo harían los filisteos. Sin embargo, David y sus hombres salieron victoriosos contra los filisteos y David continuó profesando lealtad al rey Saúl.

Con todo, finalmente, y luego de que el rey continuara atentando contra su vida, David huyó al desierto de Zif y muchos hombres y mujeres pobres y oprimidos se juntaron a David con el fin de que él fuera su líder.

Estando en el desierto, a David le sorprendió enterarse de que el rey Saúl nuevamente venía contra él. Casi no podía creer el informe, tomando en cuenta que había librado de la muerte al rey Saúl en la cueva de En-gadi en el desierto, cuando tuvo en sus manos el poder para acabar con su vida. David había actuado así para mostrarle al rey que no tenía intención alguna de hacerle daño. Pensó que de ahí en adelante ya no iba a haber contienda entre ellos, sin embargo, ahora Saúl lo perseguía tal como lo había hecho tantas veces en el pasado.

David envió espías para verificar si nuevamente Saúl en verdad venía tras él, lo cual resultó ser cierto y la noticia entristeció a David.

David oró:

—Oh, Dios, sálvame por Tu nombre, y con Tu poder defiéndeme. Oh, Dios, oye mi oración; escucha las razones de mi boca. […] He aquí, Dios es el que me ayuda; el Señor está con los que sostienen mi vida.

Esta vez, David y sus hombres no huyeron. En vez de eso, en la oscuridad de la noche, se arrastraron hacia el lugar donde el rey y sus soldados estaban acampados. El rey Saúl dormía dentro de una barricada en el centro del campamento con Abner, su capitán en jefe, cerca de él. El resto de los soldados dormían alrededor de ellos. Todos estaban dormidos.

—¿Quién irá conmigo a Saúl en el campamento? —susurró David a dos de sus hombres más valientes.

—Yo iré —dijo Abisai.

Sin detenerse a pensar en el riesgo que corrían, los dos hombres entraron sigilosamente en campamento enemigo hasta ubicar al rey Saúl, quien todavía dormía profundamente dentro de la barricada. A su cabecera estaba su lanza clavada en tierra y junto a ella una vasija de agua.

—Deja que acabe con él de un solo golpe —le susurró Abisai, al ver al hombre que le había causado a David y a sus hombres tantos problemas—. No le daré segundo golpe.

—No lo mates —le dijo David—. ¿Quién extenderá su mano contra el ungido del Señor y será inocente? […] Debemos dejar el destino del rey Saúl en manos de Dios.

Luego, con la misma picardía que había mostrado en la cueva de En-gadi cuando cortó parte de la vestidura del rey, David le susurró a Abisai:

—Toma ahora la lanza que está a su cabecera y la vasija de agua, y vámonos.

Los dos hombres salieron del campamento y los soldados del rey Saúl ni se dieron cuenta porque el Señor había causado que un profundo sueño cayera sobre ellos. Luego David pasó al otro lado y subió a una colina distante, y gritó a voz en cuello en dirección a los hombres de Saúl.

—¿No respondes, Abner?

Abner se levantó de muy malhumor.

—¿Quién eres tú que gritas al rey? —le respondió.

—¿No eres tú un hombre valiente? —Se burló David—. ¿Quién hay como tú en Israel? ¿Por qué, pues, no has guardado al rey tu señor? [...] Mira, pues, ahora, dónde está la lanza del rey y la vasija de agua que estaba a su cabecera. Vive el Señor, que sois dignos de muerte, porque no habéis guardado a vuestro señor, el ungido del Señor.

—¿Quién es? —Balbuceaba Abner todavía medio dormido—. ¿De qué habla?

Pero Saúl reconoció la voz de David y respondió:

—¿No es esa tu voz, hijo mío David?

—Mi voz es, rey señor mío —le respondió David, y entonces le hizo la pregunta que le había hecho tantas veces antes—, ¿qué he hecho? ¿Qué mal hay en mi mano?

—¡He pecado! —Exclamó el rey, al darse cuenta de que David debió haber estado al lado de su lecho aquella noche y le había perdonado la vida—. Vuelve, hijo mío David, que ningún mal te haré, porque mi vida ha sido estimada preciosa hoy a tus ojos. Me he portado neciamente y he errado en gran manera.

David, siempre dispuesto a perdonar, le respondió:

—¡He aquí, la lanza del rey! Que venga uno de los criados a buscarla.

El rey Saúl le dijo:

—Bendito eres tú, hijo mío David, sin duda emprenderás grandes cosas y prevalecerás.

David y sus hombres se fueron a Gat, y el rey dejó de perseguirlo, pues David le había demostrado que su verdadero deseo era estar en paz con su rey.

Para saber más de este fascinante personaje de la Biblia ver «Héroe de la Biblia: Rey David».
Adaptación de Tesoros © 1987. Diseño: Roy Evans.
Una producción de Rincón de las maravillas. © La Familia Internacional, 2022.

Aventura bíblica: Un desafío gigantesco

MP3: A Bible Adventure: A Giant’s Challenge (English)
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Adaptación de 1 Samuel 17

Para leer otros relatos de la vida del rey David, véase «La iniciativa de paz» y «Las hazañas de un futuro rey».

El ejército filisteo marchaba rápidamente a Judea y se sabía que la guerra era inminente. Cuando el reporte llegó a los oídos del rey Saúl, desplegó sus tropas sobre el valle de Elah. Allí, sobre colinas opuestas, se establecieron los campamentos militares de las naciones de Judea y Filistea. El enorme valle se extendía entre ambos ejércitos.

Los guerreros de ambos bandos alistaban sus formaciones de batalla cuando el gigantesco campeón filisteo apareció por primera vez. Era un coloso de más de 3 metros de altura. Se llamaba Goliat de Gat. Se dirigió al campamento israelita, flanqueado por su escudero. Goliat llevaba un yelmo de bronce, una pesada cota de malla y grebas de bronce sobre las piernas. Empuñaba una monumental lanza con el diámetro de una vara de tejedor.

—¿Para qué luchar contra todo un ejército? —Se burló ante las filas de guerreros israelitas—. Yo soy filisteo. ¿No son ustedes los siervos de Saúl? Elijan entre ustedes a un hombre que me enfrente en combate. Si me gana y me mata, seremos sus siervos. Pero si yo lo venzo y lo mato, ustedes se rendirán y nos servirán.

El desafío del guerrero llenó de terror a Saúl y sus hombres.

Las burlas y provocaciones del gran guerrero Goliat duraron 40 días. Todas las mañanas y tardes provocaba a los israelitas. Pero nadie se atrevía a aceptar el desafío. En aquellos días David, un joven pastor, se dirigía al campamento israelí. Su padre le había encomendado llevarles comida a sus hermanos, los cuales se habían alistado en el ejército. Cuando David llegó al campamento, los soldados se encontraban tomando posiciones defensivas en el frente de batalla, de manera que dejó las provisiones con el encargado del bagaje y corrió al campo de batalla para saludar a sus hermanos. Mientras hablaban, escucharon una conmoción en el campamento enemigo.

Goliat volvía a provocar a los israelitas entre vítores y gritos de batalla de los filisteos. Tan pronto los soldados de Israel vieron al gigante, empezaron a correr despavoridos.

—¿No lo has visto? —Respondió un soldado a las preguntas de David sobre el filisteo—. ¡Es el hombre más alto que existe! ¡Debe medir más de 3 metros!

—No lo llames un hombre —observó otro soldado antes de alejarse del frente de batalla—. No se parece en nada a nosotros. Es un gigante.

Los soldados comentaban nerviosos la recompensa que el rey Saúl ofrecía al hombre que lograra matar al enemigo de Israel. Se preguntaban si valía la pena el riesgo de combatir contra el gigante.

—¿Quién es ese filisteo que adora ídolos y se atreve a insultar y desafiar a los ejércitos del Dios viviente? —exigió David. Sentía enojo al ver el desaliento y temor que había caído sobre el ejército de su país. Preguntaba una y otra vez por qué nadie había aceptado el desafío.

No pasó mucho tiempo antes que algunos de los presentes le reportaran al rey las palabras de David.

—Ese es el valor y el coraje que necesitamos —anunció el rey Saúl—. Tráiganlo ante mí.

—Mi señor, no permita que los hombres se atemoricen de él —exclamó David al comparecer ante Saúl—. ¡Yo pelearé contra el filisteo!

—¿Tú? —Preguntó el rey—. Un jovencito como tú no puede derrotarlo. Goliat es un guerrero muy experimentado. Eres demasiado pequeño.

—Mientras cuidaba las ovejas de mi padre —respondió David— me enfrenté a leones y osos que intentaron llevarse los corderos del rebaño. Los perseguí y les arrebaté las ovejas de su boca. Cuando aquellas bestias se volvieron a mí, las enfrenté y las maté.

—Por lo tanto, oh rey, el Señor que me ha protegido de las garras del león y del oso continuará protegiéndome de la mano del filisteo.

La fe inquebrantable de aquel joven impresionó al rey Saúl. Le dijo:

—Ve, hijo mío. Y que el Señor esté contigo.

Una vez decidido el combate, el rey insistió en que David se vistiera con su túnica real. Lo vistió con una armadura y un yelmo de bronce, y le entregó su propia espada. Pero David nunca se había puesto una armadura y al cabo de poco sacudió la cabeza.

—No puedo combatir con esta armadura. Nunca la he usado —dijo mientras se quitaba la espada y la armadura.

—¿Pero… cómo combatirás contra Goliat y te protegerás de él? —Preguntó el rey.

—Lo derrotaré con mi vara y mi honda —respondió David.

El rey Saúl le dio permiso para retirarse, y David se dirigió a un arroyo cercano. Allí escogió cinco piedras lisas y las guardó en su bolso de pastor. Con la honda en la mano, se acercó a la zona donde se erigía Goliat.

Se hizo un silencio sepulcral. Los soldados observaban maravillados cómo Goliat, al ver a David solo y apartado del ejército israelita, empezaba a acercársele.

—¿Es una burla del pueblo de Israel? —Gritó el gigante—. ¿Acaso soy un perro para que luches contra mí con un palo? Ven aquí. Tu carne será alimento para los pájaros y las bestias salvajes.

—Te enfrentas a mí con una espada, una lanza y un escudo —contestó David—, pero yo me enfrento a ti en el nombre del Señor todopoderoso, el Dios de los ejércitos de Israel, a quien has desafiado.

—El Señor te entregará a mí en este día… y el mundo sabrá que existe un Dios en Israel. Todos los que se han reunido aquí sabrán que el Señor no salva con lanza ni con espada. La batalla es del Señor y Él te entregará en mis manos.

Goliat levantó su pesada lanza y empezó a avanzar. David corrió al combate. El joven pastor sacó una piedra de su bolsa, la colocó en la honda y la lanzó. La piedra golpeó al gigante en la frente. El gran guerrero se detuvo, se tambaleó y cayó de bruces. El ejército de Israel soltó un poderoso grito.

David corrió hacia el filisteo y desenvainando su gigantesca espada, lo mató.

Aquel día un joven pastor derrotó al poderoso campeón de los filisteos armado solo con su fe, una honda y una piedra.

La fantástica victoria de David animó a los soldados israelitas a perseguir a los filisteos hasta su propio país. El botín que obtuvieron del campamento abandonado por los filisteos fue enorme. La batalla había concluido. El pueblo de Israel estaba a salvo.

Para saber más de este fascinante personaje de la Biblia ver «Héroes de la Biblia: Rey David».
Adaptación de Tesoros © 1987. Diseño: Roy Evans.
Una producción de Rincón de las maravillas. © La Familia Internacional, 2022.

Aventura bíblica: La historia de Ester

MP3: A Bible Adventure: The Story of Esther, Part 1 (English)
MP3: A Bible Adventure: The Story of Esther, Part 2 (English)
MP3: A Bible Adventure: The Story of Esther, Part 3 (English)
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Adaptación del libro de Ester, capítulos 1-9

- Primera parte -
Cómo se formó una reina

Hace unos 2.500 años, en la ciudad de Susa, la capital medopersa, vivía una hermosa y solidaria jovencita. Su nombre era Hadasa.

Los padres de Hadasa habían fallecido cuando ella era una niña. Afortunadamente, tenía un primo llamado Mardoqueo, que gozaba de un empleo bien pagado como funcionario en el palacio real de Susa. Al morir los padres de Hadasa, la adoptó como hija suya, invitándola a vivir en su hogar, y le dio un nombre persa: «Ester», que significa «estrella».

Mardoqueo era uno de tantos judíos que habían preferido quedarse en Medo Persia en vez de volver a Jerusalén. Desde la época de Ciro, se le había permitido al pueblo judío volver a su tierra. Unos 45.000 judíos lo habían hecho junto con Zorobabel, que se convirtió en gobernador. Pero cientos de miles se quedaron. El rey Ciro había sido muy benevolente con los judíos. Les había autorizado a trabajar y a rendir culto a Dios libremente, por lo cual les resultaba más fácil quedarse que volver a Jerusalén1. Durante el reinado del rey Asuero aquellas buenas relaciones se mantuvieron.

Algunos, como Mardoqueo, consiguieron buenos empleos en el palacio y otros se dedicaron a diversas actividades por todo el país. Como funcionario de la corte, Mardoqueo se sentaba a la puerta del rey junto con los demás sirvientes, donde aguardaba las órdenes del rey.

Una noche Mardoqueo llegó a su casa con la alarmante noticia de que la reina Vasti había sido desterrada y que ello había sido motivo de gran alboroto en el palacio. La noche anterior se había dado un banquete para finalizar las fiestas de siete días que el rey Asuero había ofrecido a centenares de líderes de la nobleza y gobernadores de las 127 provincias del imperio. Todos los asistentes habían bebido y disfrutado de los grandes espectáculos, y el rey, teniendo el corazón alegre por el vino, mandó llamar a la reina, ordenando que hiciera su aparición llevando solamente su corona real, con el fin de que exhibiera su belleza delante de él y de sus escandalosos invitados. Pero la reina Vasti se negó.

Al rey Asuero le enardeció que se desacatara su orden. De inmediato consultó con sus consejeros de confianza y se promulgó un decreto dando a conocer en todas las provincias que Vasti nunca más se haría presente ante el rey. Su lugar le sería dado a otra.

¡Al enterarse el pueblo de que el rey buscaba una nueva reina, hubo gran conmoción en toda Persia! En todas las provincias se organizaron concursos de belleza. Se escogía la muchacha más hermosa de cada provincia y se la presentaba ante el rey en su palacio de Susa. Desde la India hasta Etiopía, comenzaron a llegar hermosas jóvenes a la Casa de Mujeres en la Residencia Real, donde recibían meses de preparación y tratamientos de belleza.

Cada vez que Mardoqueo veía llegar a una muchacha nueva, pensaba: Mi bella Ester es más digna y hermosa que todas. Seguro que Dios querría que ella sea la reina.

Cuanto más pensaba en ello, más convencido estaba de que el destino de Ester era ser una reina judía en la corte del rey Asuero. Aquella noche, al llegar a casa, habló con ella a solas y le contó lo que el Señor le había revelado. Al principio, aquello le pareció muy gracioso, pero al darse cuenta de que Mardoqueo hablaba en serio, Ester quedó perpleja.

—¿Quién, yo? —dijo riendo—. ¡Pero padre, el rey jamás escogería a una muchacha judía como reina!

Pero Mardoqueo estaba tan convencido que Ester accedió a ir con él al palacio.

Al llegar, Mardoqueo presentó a Ester a Hegai, guardia principal de las mujeres del rey, quien al ver a Ester, quedó tan impresionado por su belleza que tuvo la certeza de que sería elegida reina. De inmediato le asignó siete doncellas para que la atendieran y le dio los mejores aposentos de la casa de las mujeres.

—No le digas a nadie a qué nación o familia perteneces —le susurró Mardoqueo mientras la abrazaba—. No debemos dejar que nada eche a perder tus posibilidades de convertirte en reina.

A medida que pasaban las semanas, Ester se veía más hermosa que nunca, pero estaban presentes muchas bellas mujeres que tenían como único sueño llegar a ser reinas. Se necesitaría un milagro para que ella fuera la elegida.

En cuanto al pobre Mardoqueo, aguardaba impacientemente noticias de su preciosa hija adoptiva. Estaba seguro de que el rey la escogería, pero ¿qué pasaría si no lo hacía? ¿Le permitiría volver a su casa? Muchas mujeres que se presentaban ante el rey eran escogidas como concubinas, es decir que estaban desposadas con el rey, pero solo lo veían cuando él las mandaba llamar. De hecho, lo mismo ocurría con la reina, ya que ella vivía en una casa aparte y solo visitaba al rey cuando éste requería su presencia.

Todas las muchachas eran sometidas a un período de purificación de doce meses, antes de poder ver al rey. Fue una larga espera. Sin embargo, Ester utilizó ese tiempo para prepararse espiritual y anímicamente para lo que le deparara el futuro. Al llegar por fin el día en que Ester debía presentarse ante el rey, Hegai le preguntó qué deseaba llevar consigo. Antes de ir a ver al rey, a cada muchacha se le permitía llevarse de regalo lo que quisiera de la casa de las mujeres. Aunque Ester podía haber pedido lo que quisiera, tal como lo habían hecho las demás doncellas, se limitó a llevarse solo lo que le recomendó Hegai.

Afuera, Mardoqueo aguardaba para ver pasar a Ester en su camino de la casa de las mujeres al salón del trono. Todos los que la veían pasar quedaban maravillados ante su belleza. Muchas bellas jóvenes habían pasado por aquel camino antes que ella, pero Ester era diferente. Irradiaba una belleza interior única.

Cuando la vio el rey Asuero, la favoreció sobre todas las demás mujeres y puso la corona real en su cabeza, convirtiéndola en su reina.

Aquel día en presencia del rey, recordó diversos momentos de su niñez.

Cómo me ha guardado y protegido Dios todos estos años —pensaba—. Dios me tenía destinado algo incluso desde el momento en que me quedé huérfana, cuando me sentía tan sola y todo se veía tan oscuro. Si me ayudó en aquel entonces, sin duda lo hará ahora que lo necesito más que nunca.

- Segunda parte -
«Si perezco, que perezca.»

La coronación de Ester fue motivo de grandes celebraciones. El imperio volvía a tener reina. El rey Asuero rebosaba de felicidad, por lo que ofreció un suntuoso banquete en honor a Ester para todos los príncipes y funcionarios del reino. Como gesto de generosidad hacia el pueblo, fue proclamado un decreto que disminuía los impuestos en todas las provincias y el rey distribuyó obsequios con generosidad real.

Poco después de la coronación de la joven Ester, dos de los sirvientes que custodiaban las puertas del palacio, Bigtán y Teres, se resintieron contra el rey y tramaron matarlo.

Estando sentado a las puertas del palacio, llegó a oídos de Mardoqueo el nefasto plan que se urdía contra el rey Asuero. Mardoqueo se lo comunicó de inmediato a Ester, que a su vez informó al rey, asegurándose de que éste supiera que Mardoqueo era quien los había descubierto. Luego de que se confirmaran dichas intenciones por medio de una investigación oficial, los dos hombres fueron arrestados y ahorcados. Pero en medio de todo el alboroto, Mardoqueo quedó en el olvido. No se le dio reconocimiento alguno por haber salvado la vida del rey.

En aquella época, el rey Asuero decidió nombrar primer ministro a un hombre orgulloso y arribista llamado Amán, el agagueo. Debido a que el puesto de Amán era de mayor jerarquía que el de los demás funcionarios, el rey Asuero decretó que todos debían inclinarse ante él y honrarle cada vez que pasaba por la puerta del palacio. Pero al ser judío y creer en Dios, Mardoqueo se resistía a hacerlo, por más que fuera un requerimiento de la ley. También sabía que a pesar de su importante puesto, Amán era sumamente altivo y despiadado. Cada vez que veía pasar a Amán, Mardoqueo permanecía de pie y miraba para otro lado. Aquello continuó hasta que ciertos funcionarios del rey fueron a hablar con él del asunto.

—¿Por qué transgredes el mandato del rey? —le preguntaron—. ¡Todo el mundo debe inclinarse ante Amán, y tú no eres excepción!

Mardoqueo respondió:

—Soy judío. Solo me inclino ante mi Dios.

Día tras día, trataron de convencer a Mardoqueo de que cediera, pero al ver que no se doblegaba, informaron a Amán de la situación. Al enterarse de que Mardoqueo se negaba descaradamente a obedecer el decreto, y que además era judío, Amán comenzó a formular su oportunidad de vengarse de Mardoqueo borrando a todos los judíos de la faz de la tierra.

Con el fin de asegurar el éxito de su plan, Amán hizo que los sacerdotes de los dioses paganos echaran suerte para determinar, según su superstición, el mejor momento para purgar al imperio persa de los judíos. Los sacerdotes le dijeron que el momento ideal sería el día trece del mes duodécimo, que es el mes de Adar (el 13 de marzo según el calendario actual).

Luego Amán le explicó al rey Asuero lo que se proponía.

—Cierta raza está dispersa en todas las provincias de tu reino —dijo Amán al rey, evitando sutilmente mencionar de forma específica a los judíos—. ¡Sus leyes son diferentes de las leyes de todos los demás pueblos, y no obedecen las leyes del rey! Por tanto, no conviene al rey soportarlos. Si place al rey, decrete que sean destruidos.

Amán continuó, y ofreció correr con los gastos, alegando que pagaría diez mil talentos de plata a los que se encargaran de este asunto real.

Como confiaba enormemente en su primer ministro, el rey tomó el anillo real y se lo dio a Amán.

—La plata te es dada a ti —dijo—. Y ese pueblo también, haz con ellos como te plazca.

Amán estaba encantado. Las cosas marchaban mejor de lo que se había imaginado. Llamó a los escribas del rey y les mandó preparar el decreto en nombre del rey Asuero. Amán lo selló con el anillo real y luego hizo que lo enviaran a los gobernadores de las 127 provincias. La orden era destruir, matar y exterminar a todos los judíos, jóvenes y ancianos, niños y mujeres, en un mismo día, el día trece de marzo, y apoderarse de todos sus bienes y tierras.

Luego de enviar el decreto, Amán y el rey se sentaron a beber y brindaron por la eliminación de los enemigos del imperio.

Al enterarse Mardoqueo del decreto del rey, rasgó sus vestidos, se vistió de ropa áspera, se cubrió de ceniza y se fue por la ciudad lanzando grandes gemidos. Por todo Medo Persia se produjeron las mismas escenas de dolor y congoja al leerse el decreto. En todas las aldeas había entre los judíos gran luto, ayuno y lloro; saco y ceniza era la cama de muchos. Incluso los ciudadanos persas de Susa estaban conmovidos ante aquel extraño y alarmante decreto.

Al enterarse Ester de la congoja de Mardoqueo, se entristeció mucho. Al no saber la causa, le envió ropas nuevas para que se quitara el saco, pero él no las aceptó.

—Debe de ocurrir algo —le dijo a Hatac, uno de sus eunucos—. Tienes que ir a verlo y averiguar qué pasa.

Mardoqueo le contó a Hatac todo lo ocurrido, y también le habló de la suma que Amán había prometido depositar en el tesoro del rey por la destrucción de los judíos. Entonces Mardoqueo le dio a Hatac una copia oficial del decreto para que se lo mostrara a Ester.

Además, Mardoqueo le encargó a Ester que le suplicara al rey por su pueblo, pero Ester le respondió que no podía.

—Todo el mundo sabe que a nadie, ni siquiera a la reina misma, se le permite presentarse ante el rey sin ser llamada —le dijo—. Es una ley, y la pena por desobedecerla es la muerte, a menos que el rey extienda su cetro real y le perdone la vida. Y a mí no me ha llamado ante su presencia desde hace treinta días.

A esto respondió Mardoqueo a Ester:

—No supongas que solo porque vives en el palacio del rey serás la única en escapar de la muerte. Si guardas silencio en este tiempo, la liberación vendrá de otra parte, pero tú y la casa de tu padre perecerán. ¿Quién sabe si para esta hora has llegado al reino?

De pronto Ester cayó en la cuenta de por qué ella, una pobre huérfana, se había convertido en reina. Los acontecimientos habían sido parte del propósito de Dios. Él sabía que se produciría aquella crisis, y había hecho reina a Ester para que salvara a Su pueblo. Sin duda, había llegado al reino para aquella hora.

Una vez más, envió a su sirviente Hatac a ver a Mardoqueo con una respuesta urgente: «Reúne a todos los judíos que se hallan en Susa y ayunen por mí. No coman ni beban en tres días ni de noche ni de día. Yo también ayunaré con mis damas e iré así al rey, aunque no sea conforme a la ley; y si perezco, que perezca.»

Mardoqueo hizo todo lo que Ester le había dicho.

- Tercera parte -
La valerosa actitud de una reina

Al llegar el día en que la reina Ester debía ir a ver al rey Asuero, se preguntaba qué debería decirle para hacerlo cambiar de parecer con respecto a la orden de destruir al pueblo judío. Ella sabía que los reyes persas jamás alteraban sus decretos. Era algo completamente inusitado. De pronto se le ocurrió una idea.

Ordenó a sus sirvientas que prepararan un banquete y luego, vistiendo sus túnicas reales, Ester se dirigió hacia la casa del rey.

Al llegar a la entrada de la corte del rey Asuero, sintió que cobraba nueva fe, y con serenidad se ubicó de manera que el rey pudiera verla y allí aguardó. Encantado de verla, el rey Asuero extendió su cetro de oro y le hizo señas para que se acercara.

—¿Cuál es tu petición, reina Ester? —Le preguntó el rey mientras ella se acercaba para tocar el cetro—. ¡Te la concederé, hasta la mitad de mi reino te será dada!

—Si place al rey —dijo Ester—, vengan el rey y Amán al banquete que les he preparado.

De inmediato envió el rey un mensajero a decirle a Amán que hiciera lo que la reina había pedido.

Aquella noche el rey y el primer ministro asistieron al banquete que les había preparado Ester. Entonces, mientras comían y bebían, el rey volvió a preguntarle cuál era su petición y le prometió hasta la mitad del reino.

Ester respondió:

—Mi petición es esta: si he hallado gracia ante los ojos del rey, si al rey le parece bien conceder mi petición, que venga el rey con Amán al banquete que les prepararé mañana, y entonces responderé a la pregunta del rey.

Aquello despertó la curiosidad del rey, por lo que accedió de buen grado. Era obvio que Ester se proponía algo importante. Pero era tarde y el rey estaba cansado. Podía esperar hasta el día siguiente.

Amán estaba encantado… hasta que al pasar por la puerta vio a Mardoqueo, que no se inclinó ni dio muestra alguna de respeto ante su presencia. Amán apenas logró contener la ira que le invadía. Se apresuró a llegar a su casa para hablarle a su mujer, Zeres, y a sus amigos más íntimos de toda la riqueza y de los muchos honores y promociones que le había conferido el rey.

—Además de todo eso —decía jubiloso—, la reina Ester me invitó únicamente a mí para acompañar al rey a su banquete. Y mañana volveré a cenar con ellos.

—Sin embargo —dijo con tono entristecido y amargo—, todo ello no logrará satisfacerme mientras vea al judío Mardoqueo sentado a la puerta real.

Ante ese comentario, Zeres y sus amigos le sugirieron que hiciera construir una horca de veinticinco metros de alto, y que al día siguiente le pidiera al rey que colgaran a Mardoqueo en ella.

—Entonces podrás entrar alegre con el rey al banquete —le dijeron.

A Amán le complació aquella sugerencia y ordenó que se construyera la horca.

Aquella misma noche, el rey Asuero no podía conciliar el sueño, así que ordenó que le leyeran las crónicas de su reinado. En ellas constaba el hecho de que Mardoqueo había descubierto, a tiempo para salvar la vida del rey, el plan de Bigtán y Teres de asesinar al rey Asuero.

—¿Qué honra o distinción se le hizo a Mardoqueo por esto? —preguntó el rey.

—Ninguna —respondieron los sirvientes.

—¿Quién hay en la corte? —preguntó de pronto el rey.

—Amán —le respondieron.

Amán había llegado a la entrada de la corte para pedirle al rey que hiciese colgar a Mardoqueo en la horca que le había preparado.

—Háganlo pasar —dijo el rey.

—Dime —le preguntó a Amán cuando entraba—. ¿Qué se hará al hombre a quien el rey desea honrar?

Amán pensó que el rey se disponía a otorgarle una nueva distinción, por lo cual respondió confiado:

—Para el hombre a quien el rey desea honrar, que traigan la vestidura real con que se haya vestido el rey, y el caballo en que haya cabalgado el rey y pónganle una corona real sobre su cabeza. Que entreguen la vestidura y el caballo por medio de alguno de los oficiales más nobles del rey, y que vistan a aquel hombre a quien el rey desea honrar. Haz que lo paseen a caballo por la plaza de la ciudad y proclamen delante de él: «¡Así se hace con el hombre a quien el rey desea honrar!»

—Date prisa, Amán —dijo el rey—, toma el vestido y el caballo, como tú has dicho, y hazlo así con el judío Mardoqueo, que se sienta a la puerta real; no omitas nada de todo lo que has dicho.

Amán quedó perplejo, pero no se atrevía a desobedecer. Hizo que las túnicas reales, la corona y la cabalgadura del rey fuesen preparadas como si el mismo rey Asuero fuera a hacer uso de ellas. Amán tuvo que desfilar por las calles con Mardoqueo, pregonando los honores que el rey le había conferido.

Después, Mardoqueo regresó a la puerta real mientras Amán se apuraba a llegar a su casa con la cabeza cubierta. Allí les contó a Zeres y a todos sus amigos todo lo que le había sucedido.

—¡Mardoqueo es judío! No te irá muy bien después de esto —le dijeron a Amán sus consejeros y su esposa.

Mientras conversaban, los eunucos del rey llegaron apresurados para escoltar a Amán al banquete que la reina Ester había preparado.

—¿Cuál es tu petición, reina Ester? —Le preguntó nuevamente el rey cuando se sentaban a la mesa del banquete—. Te será concedida. ¿Cuál es tu demanda? Aunque sea la mitad del reino, te será otorgada.

—Oh rey, si he hallado gracia en tus ojos —respondió Ester—, y si al rey place, séame dada mi vida y la de mi pueblo. Porque yo y mi pueblo seremos destruidos. Si fuéramos vendidos como esclavos, callaría; aunque el enemigo no pudiera compensar el daño que esto causaría al rey.

—¿Quién es el enemigo? —preguntó el rey Asuero—. ¿Y dónde está el que se ha atrevido a hacer tal cosa?

Ester, señalando a Amán, que estaba sentado frente a ellos atónito y tembloroso, dijo:

—El enemigo y adversario es este malvado Amán.

Lleno de ira, el rey se levantó de su asiento y salió a los jardines del palacio. Entonces Amán se levantó y le imploró a la reina Ester que le perdonara la vida, porque sabía que el rey ya había decidido su suerte.

Cuando el rey Asuero regresó de los jardines, vio que Amán se había arrojado sobre el lecho donde se hallaba recostada Ester.

—¿Querrá también violar a la reina en mi presencia y en mi propia casa? —gritó el rey, y en cuando lo escucharon, entraron los sirvientes y cubrieron la cara de Amán.

Entonces Jarboná, uno de los sirvientes, preguntó qué se debía hacer con la horca que Amán había mandado construir para Mardoqueo.

—¡Colgadlo en ella! —dijo el rey.

Amán fue colgado en la horca y con eso se aplacó la furia del rey.

Luego de la muerte de Amán, el rey se quitó el anillo, el cual le había quitado a Amán, y se lo dio a Mardoqueo, nombrándolo primer ministro. Además de esto, el rey le dio todos los bienes de Amán a la reina Ester, que nombró a su primo Mardoqueo administrador de los mismos. Sin embargo, la muerte de Amán no acabó con la amenaza que pendía sobre los judíos. El decreto del rey seguía en vigencia y no podía ser cambiado. La totalidad de la nación judía, incluidos los que habían regresado a Jerusalén, todavía podía ser aniquilada.

Ester se presentó nuevamente ante el rey y, postrándose a sus pies, le rogó con lágrimas que desechara el plan de Amán contra los judíos. Al tener el rey una reina y un primer ministro judíos, la posición del rey Asuero era bastante comprometida. No tardó en darse cuenta de que había que hacer algo, pero no sabía muy bien qué. Le dijo entonces a Ester que redactara un nuevo decreto y lo sellara con el anillo real, y que luego lo despachara a todas las provincias, bajo la condición de que no revocara el decreto original.

Mardoqueo y Ester trataron el asunto y dieron con una solución viable: Mardoqueo redactó un documento que daba a los judíos el derecho de reunirse para luchar y destruir cualquier fuerza o provincia que se alzara contra ellos.

Cuando terminó de redactar el decreto, Mardoqueo selló cada copia con el anillo del rey y despachó mensajeros urgentemente a cada una de las provincias, desde la India hasta Etiopía. En cada provincia y en cada ciudad donde llegaba el decreto del rey los judíos se alegraban y celebraban con grandes banquetes.

Finalmente, cuando llegó el día 13 de marzo, los judíos no solo se defendieron, sino que derrotaron valerosamente a más de setenta mil enemigos en todo el imperio persa.

Véase «Héroes de la Biblia: La reina Ester» para conocer mejor a este fascinante personaje de la Biblia.

Nota a pie de página:

1 Ocho años después, el profeta Ezra trajo una segunda ola, y con Nehemías reconstruyendo Jerusalén llegó una tercera.

Adaptación de Dichos y Hechos © 1987. Diseño: Roy Evans.
Una producción de Rincón de las maravillas. © La Familia Internacional, 2022.